Un señor mayor caminaba con pasos tranquilos y cortos, acompañados de un bastón, por una plazoleta de Madrid. Era primavera. Cómo todos los días, se sentó en el mismo banco de siempre esperando a aquella mujer que tanto deseaba volver a ver.
Una vez allí, descansando de su largo y costoso paseo, observaba a todo el mundo que pasaba con mirada fija: críos cogidos de la mano en una excursión de colegio, una pareja besándose frente a la fuente central de la plaza, una señora leyendo el periódico de aquel día, perros correteando detrás de una pelota... Así se le pasaba a este viejo bobo la tarde mientras esperaba a esa mujer.
Miraba al otro extremo del banco y aún, a mitad de tarde, se encontraba vacío. De vez en cuando, alguna que otra anciana se acercaba para sentarse allí, junto a él. Pero el anciano, al no reconocerlas físicamente, se movía arrastrando su trasero por el banco de manera que impedía que las señoras se sentasen a su lado para hacerle compañía.
Por una vez el bobo anciano no hizo el gesto al ver a lo lejos a una señora rubia que se acercaba a él. Éste, creyendo que era esa mujer que tanto ansiaba encontrarse de nuevo, le sonrió. Se parecía a ella. Se parecía a aquella mujer que quería ver. Pero comenzó a deslizarse por el banco para que no se sentara cuando se dio cuenta, al ver a la mujer sonreír, que no tenía dentadura. Se había equivocado de persona. La anciana al ver el gesto, continúo caminando hacia otro banco.
Mirando de un lado a otro ansioso por la llegada de ella, se le fue pasando la otra mitad de la tarde a este señor. Pero no aparecía.... ¿Por qué hoy no viene? Pensaba cada vez que una mujer pasaba por delante de él mirando su reloj de bolsillo. Se fijaba en todas, por si acaso ella no lo veía.
Y por fin llegó. Esa mujer que tanto le gustaba. Esa mujer de la que sólo recordaba su físico. Aquella mujer que se sentaba tarde tras tarde junto a él en el mismo banco y le enseñaba cosas. La única mujer que le hacía recordar.
Giró la cabeza y allí la vio, con una sonrisa de oreja a oreja, un gran abrigo de pelo negro y bien guapa. Sencillamente pintada y con un poco de carmín en los labios.
Él empezó a insinuársele. Se iba acercando lentamente a ella mientras hablaban de cómo habían pasado la mañana, las cosas que habían hecho, a dónde habían ido... Pero ella, al ver que el anciano se le estaba sugiriendo, le enseño el anillo de matrimonio que llevaba en el dedo anular de la mano derecha. Él, al saber que estaba casada y que no podía tener posibilidades, se levantó para irse, pero la anciana lo detuvo cogiéndole del brazo antes de que comenzara a caminar.
Acto seguido, le sacó una foto del bolso. Una foto en blanco y negro en la que aparecían dos personas: un novio y una novia el día de una boda. Él no entendía nada. Su gesto fue de extrañeza. Pero se le aclaró todo cuando la anciana le entregó una carta. Ésta decía:
"Sí viejo anciano, esa que está a tu lado es tu mujer. No hay otro, tú eres ese otro. Ha vuelto a suceder: lo has olvidado todo. Y te escribo, me escribo, para que una vez más recuerdes quiénes somos, qué fuimos, donde vivimos...Nunca tuvimos hijos, pero siempre la tenemos a ella.
Si algo bueno pudiera decirse de esta horrible enfermedad, es que al menos cuando la vemos, podemos enamorarnos tanto como lo hicimos la primera vez..."